
La reducción histórica de la mortalidad cardiovascular no ha sido fruto de un descubrimiento aislado, sino del esfuerzo acumulado de la ciencia, la medicina, la tecnología y, sobre todo, de las decisiones sociales y políticas. Esta fue la idea central expuesta por el Prof. José Ramón Berrazueta, académico de número de Cardiología, en la sesión inaugural celebrada recientemente en la Real Academia Nacional de Medicina de España (RANME), con motivo del comienzo del nuevo ciclo académico 2026.
Según explicó el Prof. Berrazueta, el descenso de la mortalidad cardiovascular es un hito histórico sin precedentes. El profesor subrayó que en 2024 las enfermedades cardiovasculares dejaron de ser la primera causa de muerte en España, culminando "una batalla centenaria". Recordó que a mediados del siglo XX se estaba ante "una auténtica pandemia cardiovascular", con cifras hoy difíciles de imaginar. Este cambio no fue casual ni inmediato, sino el resultado de décadas de avances acumulativos.
En su opinión, el estudio de Framingham constituyó el punto de inflexión conceptual. La identificación de los factores de riesgo transformó la cardiología moderna, permitiendo pasar de “una medicina reactiva a una preventiva”. Como señaló el Prof. Berrazueta, estos factores “explicaron más del 90% del riesgo de padecer un infarto de miocardio”, demostrando que la enfermedad había sido, en gran medida, prevenible y modificable. En esta dirección, la prevención y el control de los factores de riesgo salvaron millones de vidas.
La intensificación terapéutica, así como las campañas de salud pública como las antitabaco, redujeron también de forma sostenida la mortalidad. “Enfermedades de antaño devastadoras, como la cardiopatía reumática, hoy día han desaparecido en nuestro medio, evidenciando el impacto directo de la mejora de las condiciones sociales y sanitarias”, explicó el académico.
No obstante, la revolución farmacológica también ha resultado decisiva. "Desde la aspirina hasta las estatinas, los IECA (inhibidores de la enzima convertidora de angiotensina), los betabloqueantes o los nuevos fármacos antidiabéticos con beneficios cardiovasculares demostraron reducir la mortalidad en ensayos clínicos rigurosos. No fue solo innovación, sino evidencia científica sólida la que sustentó su uso masivo", aseguró este cardiólogo.
Del mismo modo, los avances diagnósticos y tecnológicos también han transformado la práctica clínica. "El paso del estetoscopio a la ecocardiografía, el cateterismo, la tomografía y la resonancia magnética han abierto ventanas inimaginables al interior del organismo. La colaboración entre médicos, físicos e ingenieros ha permitido diagnósticos más precoces y tratamientos más precisos”, matizó.
El Prof. Berrazueta también quiso destacar que la cirugía y el intervencionismo cardiovascular han cambiado el pronóstico vital: “desde la cirugía abierta hasta el intervencionismo percutáneo actual, muchas patologías han pasado a tratarse de forma mínimamente invasiva, con mejores resultados y menor mortalidad, consolidando un cambio de paradigma asistencial”.
Por último, la organización sanitaria y la formación médica también han sido pilares fundamentales, por lo que la implementación de las unidades coronarias, el sistema MIR y la compleja estructura hospitalaria moderna han permitido una atención eficaz y homogénea. "La supervivencia actual del infarto habría sido impensable sin esta organización”, apuntó. En este sentido, el "Estado del Bienestar ha sido el factor decisivo final". El Prof. Berrazueta fue contundente al afirmar que "ninguno de estos avances habría sido posible” sin una sociedad democrática que garantizara el acceso universal a la salud. "La reducción de la mortalidad cardiovascular es, sin duda, el resultado del esfuerzo colectivo de generaciones y una apuesta ética por el conocimiento y la solidaridad", concluyó.